Desde el principio, la democracia no se ha basado exclusivamente en el poder de la mayoría. Los más grandes exponentes del pensamiento democrático clásico, filósofos como Rousseau, John Stuart Mill y John Dewey, estaban convencidos de que el poder de la mayoría escondía el peligro de una tiranía. Se hacía por tanto necesario estudiar el mejor modo de confiar a la mayoría el destino político de un país y ver por qué motivo el único modo de conseguirlo era hacer que todos los ciudadanos fuesen educados para conocer sus propios intereses. La democracia, de hecho, se basa en la premisa de que los ciudadanos conozcan perfectamente sus propios intereses. Tal premisa es realizable solo si las personas no son analfabetas, si reciben una educación que les aclare que es lo mejor, tanto para sí mismos como para la sociedad en general.
Amy Gutman
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