Algo sí que he aprendido de esta desagradable experiencia de tener que cerrar todo el negocio.
Ha sido ver qué poca (o ninguna) formación en finanzas tenía uno a la hora de abrir unas tiendas para trabajarlas.
Viniendo de familia de tenderos y habiendo adquirido la habilidad de manejarse con distintos proveedores, de mercancías y servicios, con los clientes, que hay de todo tipo, y con las situaciones diarias que todo negocio conlleva. Aún con poco dinero era relativamente fácil montar mi propia tienda con la confianza que te prestan todos ellos. Y empiezas con ilusión y más en las primeras ventas, que duda cabe.
Pero al final, cuando unos años después todo acaba, me doy cuenta de que aparte de esta "formación" en relaciones de todo tipo, debería haber estado complementada aunque fuese de forma básica con otra distinta en finanzas.
Pues da la visión puramente matemática de las inversiones, y ves claramente que lo que emerge al final del negocio como ruina era ya previsible con los número mucho antes de saberlo.
Y en ese momento se piensa en todas las cosas mal hechas y en las alternativas elegidas equivocadas.
Historias
sábado, 30 de marzo de 2013
jueves, 28 de marzo de 2013
El dia de la salida
El peor momento llega, inexorablemente, el día que tienes que abandonar la casa, la casa física, pues la de verdad es donde está cada uno con los suyos.
Afortunadamente, vista la situación aquélla unos años después, veo que no salí tan mal parado, ya que hice una dación en pago al banco donde tenía la hipoteca de la casa, y fue por el precio de tasación, con lo cual me quedé libre de cargas, al menos con esa entidad.
Es imposible narrar en unas pocas palabras las sensaciones y emociones que me embargaban en aquel momento. Me siento también afortunado por haber vivido todo el proceso, desde que se vió que la empresa era inviable hasta el momento de dejar la vivienda, con mi querida mujer, apoyo y guía indispensable sin la cual no hubiera podido afrontar en condiciones dignas todos esos días.
Empaquetar los juguetes y las cosas de los niños chiquitos fue lo más complicado, pues los estábamos arrancando del lugar donde se estaban criando; sus camas, sus estanterías, sus libros, los juguetes, y tantas otras cosas que además, con el lío de la mudanza estaban tiradas por el suelo y el alma se caía también allí. Al final, cargamos en el coche las últimas cajas que no cabían en el camión de la mudanza y los dos juntos, llorando como sólo pueden llorar aquéllos a los que se les ha terminado la vida, cerramos la puerta y con ella se cerró aquella aventura que habíamos comenzado unos años antes con toda la ilusión del mundo, poniendo e hipotecando hasta el último euro y todas las fuerzas que teníamos.
Ese día ya dormimos en el nuevo lugar. Una antigua nave abandonada en un polígono industrial propiedad de unos familiares, que tenían unas oficinas en regular estado pero que acondicionamos como pudimos para pasar allí al menos unos años. Al menos estaban cercanas a la vivienda de los abuelos maternos de los niños, y podrían acercarse andando cuando quisieran.
Antes de acostarnos, un beso y un abrazo nos dimos unos con otros, y esa era la fuerza que necesitábamos para al día siguiente enfrentarnos al mundo, a la vida diaria. Esa es la casa, donde estén los míos. Al menos, se me hacía más llevadero el cartel "fracasado" que llevaba escrito en la frente.
Afortunadamente, vista la situación aquélla unos años después, veo que no salí tan mal parado, ya que hice una dación en pago al banco donde tenía la hipoteca de la casa, y fue por el precio de tasación, con lo cual me quedé libre de cargas, al menos con esa entidad.
Es imposible narrar en unas pocas palabras las sensaciones y emociones que me embargaban en aquel momento. Me siento también afortunado por haber vivido todo el proceso, desde que se vió que la empresa era inviable hasta el momento de dejar la vivienda, con mi querida mujer, apoyo y guía indispensable sin la cual no hubiera podido afrontar en condiciones dignas todos esos días.
Empaquetar los juguetes y las cosas de los niños chiquitos fue lo más complicado, pues los estábamos arrancando del lugar donde se estaban criando; sus camas, sus estanterías, sus libros, los juguetes, y tantas otras cosas que además, con el lío de la mudanza estaban tiradas por el suelo y el alma se caía también allí. Al final, cargamos en el coche las últimas cajas que no cabían en el camión de la mudanza y los dos juntos, llorando como sólo pueden llorar aquéllos a los que se les ha terminado la vida, cerramos la puerta y con ella se cerró aquella aventura que habíamos comenzado unos años antes con toda la ilusión del mundo, poniendo e hipotecando hasta el último euro y todas las fuerzas que teníamos.
Ese día ya dormimos en el nuevo lugar. Una antigua nave abandonada en un polígono industrial propiedad de unos familiares, que tenían unas oficinas en regular estado pero que acondicionamos como pudimos para pasar allí al menos unos años. Al menos estaban cercanas a la vivienda de los abuelos maternos de los niños, y podrían acercarse andando cuando quisieran.
Antes de acostarnos, un beso y un abrazo nos dimos unos con otros, y esa era la fuerza que necesitábamos para al día siguiente enfrentarnos al mundo, a la vida diaria. Esa es la casa, donde estén los míos. Al menos, se me hacía más llevadero el cartel "fracasado" que llevaba escrito en la frente.
martes, 26 de marzo de 2013
Democracia
Desde el principio, la democracia no se ha basado exclusivamente en el poder de la mayoría. Los más grandes exponentes del pensamiento democrático clásico, filósofos como Rousseau, John Stuart Mill y John Dewey, estaban convencidos de que el poder de la mayoría escondía el peligro de una tiranía. Se hacía por tanto necesario estudiar el mejor modo de confiar a la mayoría el destino político de un país y ver por qué motivo el único modo de conseguirlo era hacer que todos los ciudadanos fuesen educados para conocer sus propios intereses. La democracia, de hecho, se basa en la premisa de que los ciudadanos conozcan perfectamente sus propios intereses. Tal premisa es realizable solo si las personas no son analfabetas, si reciben una educación que les aclare que es lo mejor, tanto para sí mismos como para la sociedad en general.
Amy Gutman
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